lunes, 26 de abril de 2010

LAS MINAS por Paulo



El tipo acababa de acabar, dicho de otro modo, segundos antes había alcanzado la cúspide de ese proceso progresivo de exaltación inenarrable en que consiste la consumación sexual. Había cabalgado un corcel desenfrenado en el que se mezclaban lo que parece ser el goce más sublime al que puede llegar al ser humano, un estado de enajenación rayano en la locura y hasta un sentimiento de dolor y desesperación que intuía como vinculado a la imposibilidad de extender indefintivamente ese placer, o de tomar, de un modo simultáneo, todo el deleite que ofrece el cuerpo de una mujer; y de allí pensó, en un fugaz intersticio de su concentración mental, que aquello era como una mina inagotable y de allí el acertado vocablo con que los porteños varones designan a los seres del sexo opuesto. De repente la eyaculación, y con ella un sentimiento que pocos que animan a confesar: un frustrante sabor a finitud casi necrológica; el momento posterior a la consumación se desvinculaba de un modo tajante con las vivencias del proceso; era como un cachetazo que viniese a informarle haber vivido una fantasía demencial y lo insertaba, por virtud de ese golpe, en la pedestre realidad de la vida. El tipo sintió la necesidad de darse vuelta y lo hizo bajo la excusa de encender un cigarrillo. Mientras fumaba, en parte porque suponía que las sensaciones de ella serían diferentes y esperaba eso, le acariciaba el muslo y la parte superior de la cadera que estaba a su alcance; pero desde el ángulo de sus emociones “cero al as”, como suele decirse; muy por el contrario, era como que recién caía en la cuenta de que la piel era un órgano de la anatomía humana, por otra parte con una función esencial en la cobertura y sostén de otros órganos y estructuras anatómicas; por ejemplo , a la altura en que deslizaba la mano en ese momento pensó que se encontraba uno de los riñones de ella. De pronto todo era prosaico; recordó haber leído a Shopenhauer y recordó su tesis de que todo lo relacionado con el atractivo sexual estaba instalado en nuestro interior por quien, sea de la entidad que fuere, haya dispuesto nuestra vida terrena, para asegurar la continuidad de la especie; de allí esa acuciante fuerza animal y lindando en la ferocidad que lo perturbaba desde los inicios de su pubertad. Ahora se daba vuelta y tenía ante sí un mundo de sensaciones diferentes: estaban los ojos y las facciones siempre delicadas y dulces de una mujer; s acariciaron mutuamente y él la besó tenue y tiernamente en la mejilla y en la comisura de los labios…; recordó que así había sido el acercamiento de la primera vez, en la primera juventud, casi adolescencia… y pensó que hasta allí llegaba el romanticismo, antes de que “el indio” empezase a pedir pista; y se conmovió pensando que en la femineidad se concentra la mayor la mayor conjunción de delicadeza y hermosura… y recordó que de inmediato había endosado la iluminada expresión de un filósofo o un poeta cuyo nombre no alcanzaba a identificar: …”La única expresión del Paraíso que conoceremos en la tierra es la mujer”. Pero a todo esto ella lo había besado suave y repetidamente… y recordó, con un sentido diametralmente diferente la célebre reflexión contenido en un verso de Bequer: “…vuelve el polvo al polvo”.

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